Los poemas de Homero fueron, antes que libros de aventuras, enseñanzas orales. Imaginen lo fascinante del momento, un cuentista golpea su bastón y comienza su relato en una noche sin más luz que la luna y las estrellas. Sin más luz que la concebible entonces, que a su vez es impensable para nosotros. En fin. La Ilíada y La Odisea enseñaban quiénes eran los dioses, cómo se recibía a un extranjero, qué debía hacerse con los muertos, cómo se conducía una casa y qué podía esperarse del destino. Los griegos escuchaban, memorizaban y repetían sus versos. Cuando Platón recoge la idea de Homero como “el educador de Grecia”, reconoce esa autoridad, aunque el pueblo griego era demasiado innovador como para no discutirlo.
¿Si fuésemos un pueblo homérico? Por caso un tucumano encuentra un auto delante de su cochera, algo bastante más común que la guerra de Troya:
—Retira tu carro del umbral, oh forastero.
—A los suplicantes y forasteros los protege Zeus hospitalario.
—No a los que estacionan delante de una cochera.
—Odiseo entró sin permiso en la cueva de Polifemo y se comió sus quesos.
—Polifemo se comió a sus compañeros.
—Pero después. Primero entró Odiseo. Y el que quedó ciego fue el dueño de casa.
Se juntaría gente. No faltaría el blasfemo contra la casta:
—Los dioses son malignos y celosos como nadie.
—Cuidado. Los dioses recorren las ciudades disfrazados de forasteros para conocer la insolencia o la justicia de los hombres.
El dueño de la cochera perdería entonces su compostura homérica:
—Es mi garage.
Un veraz pero pobre final para semejante debate. En fin.
Por otro lado, los amigos y amigas que se quedan en casa hasta cualquier hora encontrarían también una defensa sagrada:
—No podés echarnos. La ley de Zeus protege al huésped.
—Gente, son las cuatro.
—Como dice Eumeo en el canto XV: “Estas noches son inmensas; hay tiempo para dormir y para deleitarse oyendo relatos”.
—También dice: “Aquel a quien el corazón y el ánimo se lo aconseje, salga y acuéstese”.
—Acostarse, sí. Irse, no.
También habría cierta belleza en una escena cotidiana de pareja:
—¿Estas son horas de llegar?
—Amor, no te irrites. Yo conocía el peligro. Antes de salir ordené que me ataran a un poste y que, si rogaba que me soltaran, me sujetaran con más lazos todavía.
—Odiseo dio esa orden antes de escuchar a las sirenas. Vos la inventaste al volver.
—Mi tripulación me desobedeció.
—Tu tripulación está casada y volvió hace tres horas.
Por último, ojalá que Odiseo pudiera decir de nosotros los tucumanos lo que dijo del pueblo de los feacios: “No creo que haya cosa tan agradable como ver que la alegría reina en todo el pueblo y que los convidados, sentados ordenadamente ante las mesas abastecidas de pan y carnes, escuchan al aedo, mientras el escanciador saca vino de la cratera y lo va echando en las copas. Tal espectáculo me parece bellísimo”.